Evangelio (Mt 5,1-12)
Sienaventurados los pobres en el espíritu
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Comentario
Como Moisés transmitió a su pueblo los mandamientos de Dios contenidos en las Tablas de piedra, desde la montaña; así Jesús transmite a sus discípulos, desde el monte, los nuevos mandatos de su Padre. “La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Jn 1,17). Los mandamientos de Moisés eran un conjunto de orientaciones que salvaguardan la moral natural, que todo hombre podría conocer si no se hubieran pervertido su conciencia y su razón por el pecado original. Por el contrario estos nuevos mandamientos son positivos, no sólo nos dicen que hemos de evitar, sino, sobre todo, qué hemos de abrazar para ser seguidores de Cristo”. ¿Me conformo con el cumplimiento de los mandamientos o procuro imitar a Jesús?
Los preceptos de Moisés estaban exigidos en el contexto de la Alianza, como lo que el hombre tiene que hacer para acoger la oferta de Dios. Si no, queda al margen de Dios y de Israel. Son exigencias que exigen obediencia y cuya transgresión conlleva un castigo. Las bienaventuranzas no son un requisito para pertenecer al pueblo de Cristo, sino que son el fruto espontáneo de esa pertenencia. No son tanto exigencias (normas morales) cuanto frutos espontáneos, que brotan de quien es de Cristo. Son los frutos de los salvados, que generan felicidad. ¿Creo que vivir así es la única fuente de la alegría, o sigo en la clave del mandato por temor?
Las bienaventuranzas concretan y explicitan el Primer Mandamiento de la Ley de Dios: “Amar al Señor sobre todas las cosas”. Sólo en función de este amor se pueden abrazar las invitaciones de Jesús. Sólo quien ama a Dios sobre todo y acoge la luz de Cristo puede ser verdaderamente pobre, manso, misericordioso, limpio de corazón, pacífico, tener hambre y sed de la justicia,… Realmente, quien realiza más perfectamente las bienaventuranzas es el propio Cristo, porque describen su alma. Junto a él, quién mejor las encarna es la Virgen María. ¿Intento vivir las bienaventuranzas como la forma de parecerme a Cristo?
Las bienaventuranzas son imposibles de vivir aisladamente. No se puede vivir una sin las otras. No es pobre realmente quien no es limpio de corazón, o misericordioso, o pacífico. Y así con todas las demás. Eso hace que las bienaventuranzas estén tan infinitamente alejada de la ideología social que propugnan algunos, incluso en nombre de Cristo. Son las diversas caras de una única realidad. Expresan la suma simplicidad del Corazón de Cristo que, no lo olvidemos, es la revelación definitiva del Corazón de Dios. Dios es así. ¿Yo soy así? ¿El estilo de las bienaventuranzas es mi estilo?